Siempre te gustó quedarte oyendo, y contando en silencio, las doce campanadas del viejo reloj del living de tu abuela. Tenías la convicción de que cuando la última sonara, algo mágico iría a suceder, como que aparezca tu hada madrina a cumplirte tu más anhelado deseo, o que simplemente, llegaran tus tías con regalos y huevitos Kinder. De una forma u otra, este recuerdo siempre se te aparece. Te trae imágenes, sonidos, y hasta aromas de aquella época... No es que haya una razón específica por la que "se te da" por recordarlo pero, si me preguntás a mí... creo que tiene que ver con todo el tema de haber vivido una infancia y pre-adolescencia inmersa en una cajita de cristal, en donde solo deseabas y deseabas cosas pero, nada se te cumplía. El hada madrina, el ratón Pérez, Santa, los Reyes, las estrellas, Dios... ninguno te daba resultado. Y digamos que, inevitablemente, todo eso te afectó. Te volvió un poco "dark y twisty", habría que admitirlo. Las cosas buenas no te sucedían a vos y ya estabas acostumbrada a eso. Quizás era cuestión de esperar, quizás era que nunca iban a sucederte pero, tampoco te quemabas las neuronas para encontrar la respuesta. Simplemente, seguías adelante. Vivías... porque tampoco existía una razón (lo suficientemente buena) como para no hacerlo.
Hasta que un día, empezaron a sucederte cosas que te hicieron pasar por distintos estadíos: primero, el típico miedo a lo desconocido; después, el shock por no entender qué era exactamente lo que estaba pasando; luego, mucho enojo, porque cuando uno no entiende algo, generalmente, se le ocurre creer que la explicación es la más pesimista de todas; un poco de ansiedad; tranquilidad; y finalmente, una sonrisa.
Desde ya hace un buen tiempo, que venís experimentando todos estos estadíos juntos. A veces, en un abrir y cerrar de ojos, ya estás pasando por una ansiedad extrema. Otras veces, te quedás estancada en el miedo del principio. Pero en el 100% de los casos que llegás al final de la carrera... la sonrisa dura menos que un suspiro.
Es como si hubieran dicho: "bueno, esta piba es demasiado dark y twisty, demósle un poco de felicidad... pero tampoco mucha, que no se acostumbre". Es desde que pudiste comprender esto, que cada vez que algo relativamente "bueno" te pasa, sentís que te vas a ir a dormir y al otro día, caboom, it's gonne. Que va a sonar la duodécima campanada y lejos de cumplirte tus deseos, el hechizo se va a romper y de vuelta a ser dark y twisty.
Lo triste de esta historia (ya que en la vida real, las cosas no son como en un cuento de Disney), es que esa sensación de perderlo todo, en la mayoría de los casos, se termina transformando en esa pérdida que tanto temías. En especial, a lo que "al amor" se refiere.
Aunque ates tus buenos momentos con cuerdas híper-resistentes, aunque los esposes a la pata de la cama... terminan dejándote alone con tus Marlboro Light y muchas ganas de tequila. Y eso... eso es una terrible... cagada. No hay otra palabra que pueda describirlo mejor.
Entonces, quizás sea por eso, que hoy te pareció escuchar de nuevo las doce campanadas del reloj de tu abuela. Quizás sea por eso que intentás no pensar mucho en todo lo que te está rodeando. Quizás también, por eso es que hacés un esfuerzo para encontrarle cosas que no te gusten, cosas que harían que ustedes dos nunca funcionen. Tuviste miedo, dudas, bronca, ansiedad, tranquilidad...
No querés decirlo en voz alta. No querés que alguien te escuche. Pero sí. Sonreiste. Y que esta vez, vuelva a disolverse en el aire... que esta vez, no dure más que un pestañeo... es algo que no estás dispuesta a afrontar. Que esta vez, vuelvan a decepcionarte... puede llegar a doler mucho más que antes. La causa? 21 años de mala suerte y un domingo de sonrisas irrefrenablemente cursis.
Esta vez, necesitás que funcione. Sí. Justo esta vez, que sabés que no va a ser para siempre. Y justamente porque no va a ser para siempre, necesitás que funcione por todo ese tiempo que incluye el "no-para-siempre". Esta vez, necesitás que la felicidad deje de venirte en saquitos de té y que pase a lugares más espaciosos. Lugares como las tazas rococó de María Antonieta... +
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